
Un maestro nicaragüense con discapacidad visual congénita relató cómo la enfermedad hereditaria marcó su infancia y cómo sus padres realizaron grandes sacrificios para comprar un terreno en Managua y costear una cirugía ocular que le permitiera conservar la vista.
En 2008, emigró a la capital como becado interno en una universidad, donde se graduó como abogado y enfrentó el difícil proceso de adaptación a la vida agitada de la ciudad y a la discriminación inicial de sus compañeros.
Con el tiempo, logró ser aceptado y ahora se desempeña como maestro, demostrando que la discapacidad no es un límite para alcanzar los sueños.